QUE IMPORTA SER POETA O SER BASURA

No se cuantos años tendría cuando escuché por primera vez una canción de Extremoduro, pero debía rondar los 8. Fue por entonces cuando mi hermano mayor, que entonces cumplía su mayoría de edad, trajo a casa un disco, de esos prehistóricos vinilos, con un sol y unos girasoles en la portada y que cantaban algo parecido a una jota, de las que a mi me estaban enseñando a bailar en el colegio para el baile de fin de curso, pero con una letra algo diferente, que decía algo de buitres carroñeros, de matar a pollos y de cagar en Cáceres y en Badajoz.

En aquella época, en mi casa sólo había un tocadiscos que estaba en el salón, (que allí sigue, pobre de él con el único fin de elevar al nuevo equipo de música), por tanto lo mismo podías escuchar a Julio Iglesias cantando con mi madre aquello de que la vida sigue igual, a Mecano aullando con mi hermana que una rosa es una rosa, o a mi, bocata de nocilla en mano, cantando con Parchís y antes de que ninguno de ellos llegase a su última pista, estaba el Robe diciendo aquello de que nació un buen día y su madre no era virgen.

Mi infancia en general está llena de esos contrastes, supongo que si lo analizase algún psicólogo/psiquiatra encontraría respuestas a muchos aspectos de mi carácter, pero esa es otra historia.

Después de primer contacto con Extremo pasó algún tiempo, no se cuanto, hasta que fui yo y no mi hermano quien compraba o grababa en casetes (tdk) las canciones de los de Plasencia y los escuchaba sin parar. Por aquellos años, la que cumplía la mayoría de edad era yo y lo celebraba de una forma algo extraña con mis recién estrenados amigos de mi recién estrenada ciudad. Me regalaron el Iros todos a tomar por culo, cuyas canciones canté hasta la saciedad con mi amiga Luisa por las calles de la Alameda o en la puerta de algún bar.

Eran tiempos de la bruja, el fun club y la farándula, de uñas negras y pelos decolorados con andina para luego untar de colores extravagantes comprados en aquella minitienda de la calle Olavide. Eran tiempos de sucede, de la carrera, de salir, de bribriblibli y de ama, ama y ensancha el alma. Entonces eran mis hermanas, con apenas 4 años las que se aprendían las estrofas de estas canciones mientras yo las cuidaba.

El sábado, otros diez años después fui a un concierto de Extremoduro, me sorprendió encontrarme en el camino a niñas de 18, cantaban las mismas canciones que había cantado yo a su edad y tenían, probablemente, la misma actitud que alguna vez tuve yo. Miré por encima de mi hombro, con ese aire de superioridad que te da el conocer, lo que para otros es novedoso, hace mucho tiempo y pensé que seguramente ellas también lo escucharon por primera vez cuando sus hermanos o ya padres lo ponían en el salón de sus casas mientras ellas veían los teletubbies y merendaban un colacao.

Cuando sonaron los primeros acordes de acero, fue mi cabeza la que empezó a quemar recuerdos cantando cada poema obsceno, pisando el pasado a cada salto, vomitando cada nota hasta terminar exhausta gritando eso de Hay que dejar el camino social alquitranado porque en él se nos quedan pegadas las pezuñas hay que volar libre al sol y al viento repartiendo el amor que tengas dentro.


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